Mojada,
por la película húmeda que cubre la piel desnuda y estremecida por el frío.
Toda una baraja
boca arriba
en la mesa dónde devoras el desayuno.
El pelo rubio,
Oscurecido por la espuma de las olas,
Recorre la espalda blanca hasta la mitad.

Árboles que crecen boca abajo.

Empequeñecida y ridícula,
así encogida en la bañera
en la que habito desde que perdí mi isla,
cuando a alguien no le resonó otra voluntad que la propia;
paso estos días tiritando en este espacio muerto.

Todos los peces,
vivos, de plástico, hermosos,
se escabulleron por el desagüe.
Y la ninfa de la bañera pasa los días sola
con los labios agrietados por la salitre.

Más sola aún, pues los mismos que me despojaron de lo mío
se llevaron también al amante ficticio que se sentaba al borde del acantilado,
que se sentaba al borde de la cama, según creo.

Sé que se lo tragaron las olas como tragas tú el desayuno,
Manchando de café mi futuro boca arriba.
Sé que no tendrían con él piedad como cuando se quedaron con mi isla.

Reducida en la bañera la ninfa canta y humedece los cristales,
y la verdura se empaña bajo sus párpados
con cada vez que se desliza y acurruca en el agua caliente,
con cada vez que piensa en su isla tomada, probablemente rebautizada y seguro que con otra ninfa, más frívola aún, reinando de acantilado a acantilado.

Suicidarse es tirar del tapón que hay en el fondo de la bañera,
pero no desaparecerá
como los peces de plástico que le regalo aquel pintor,
ni como este mismo fue desechado por el estómago que,
enfurecido,
tomó como venganza no olvidar todo el daño.
Ella permanecerá en la superficie,
muerta de frío,
hásta que se terminen de secar sus miembros,
hásta que el estómago deje de latir.
Será enterrada cual princesa de secano,
más bajo sus párpados,dos océanos
revueltos.
Quién se canse un día de jugar con su vida abandonará Ogigia,
quién se aburra de hacer y deshacer el mismo palacio de naipes
lo enterrará todo otra vez, como antes de que surgiese de su mente.